Jugadores de billar | Biblioasturias
Jugadores de billar

José Avello

Jugadores de billar

(Págs. 249-250)

Alfaguara

 

Las tardes de julio se le hacían interminables, no lograba concentrarse para leer. Se esforzaba con unas cuantas páginas pero enseguida se daba cuenta de que no había retenido una sola idea, que se había perdido, que las palabras no eran más que manchitas negras en las que no conseguía penetrar, especialmente si venían escritas en francés, pues entonces las manchitas ni siquiera lograban componer dibujos fugaces en su mente, eran simples cosas. Estaba leyendo una novela que Adelina Valle le había recomendado el último día que estuvo en la biblioteca, Les coulisses du ciel, de Pierre Boulle. Cada tarde, antes de entrar en la sala de lectura de la biblioteca, Flora pasaba por delante del despacho de Adelina. Si la puerta de cristal estaba abierta, se asomaba y la saludaba en un arranque de audacia: «Hola, ¿qué tal?», luego hablaban de cosas imposibles durante dos o tres minutos. A veces ella le informaba sobre las novedades recibidas o le recomendaba algún libro. Jamás hablaban de asuntos personales, su tema favorito era el clima. Pero esa tarde Adelina tenía sobre su mesa aquel libro especialmente reservado para él. «Te gustará -le dijo-, ya verás, a mí me interesó mucho, es una novela muy metafísica». La novela versaba sobre la Santísima Trinidad en sentido estricto, sin ningún tipo de metáfora, una historia que transcurría en el cielo. Por lo que llevaba leído, Floro intuía que trataba un asunto de celos entre el Padre y el Hijo con un argumento no demasiado complicado, pero no lograba concentrarse en su lectura, pese a tomada casi como una obligación, o precisamente por ello, porque se sentía obligado a exponer ante Adelina una opinión fundada, algunos comentarios inteligentes o al menos ingeniosos. Hacía diez días de eso y la echaba de menos, ni siquiera sabría que su madre estaba enferma, jamás se habían llamado por teléfono y ¿a quién iba a preguntar por él?, quizás ni se había dado cuenta de que llevaba diez días sin aparecer por la biblioteca. No podía volver hasta que hubiera leído el libro, pero no lograba concentrarse. Se pasaba la tarde esperando a que su madre subiera de la tienda para abandonar la laxa contabilidad que debía llevar sobre las copas de la tía Margarita. Le había encarecido que la controlase, que no la dejase tomar más de dos tragos de anís, que escondiese la botella. Floro aborrecía aquella sórdida vigilancia que, por otro lado, su tía sorteaba con extrema facilidad a juzgar por los alegres y disparatados chismorreas con que solía recibir a su hermana a la hora del crepúsculo, cuando se producía el cambio de guardia. Sólo entonces salía Floro a jugar al billar con la esperanza de encontrarse con alguien conocido, alguien que no fuese Dionisio, alguien que ofreciese la oportunidad de una conversación, de una respuesta.

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Sobre el autor

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