Las lágrimas de San Lorenzo

Las lágrimas de San Lorenzo

Julio Llamazares

Alfaguara

208 págs.

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Julio Llamazares regresa a la novela con una emocionante historia sobre los Paraísos e Infiernos perdidos —padres e hijos, amantes y amigos, encuentros y despedidas— que recorren toda una vida entre la fugacidad del tiempo y los anclajes de la memoria.

Exhausto de melancolía, el narrador de esta novela trata de dar sentido al principio del resto de su vida. El recuerdo guiará los pasos, y la mirada se perderá en el baile de estrellas de una noche de estío repleta de ternura y hallazgos vitales sin tregua.

¿Puede todavía escucharse en el Mediterráneo la enseñanza ancestral de Homero? ¿Sigue teniendo validez la mirada amorosa de Catulo hacia las criaturas que pueblan la contemporaneidad? ¿Continúa siendo Paul Celan un valioso interlocutor? ¿Es posible captar la esencia verdadera de la frase de John Lennon por la cual se nos advierte que «la vida es lo que te sucede mientras estás ocupado haciendo otros planes»? Todas estas preguntas y muchas más son respondidas en la última novela de Julio Llamazares, que trae recuerdos de las mejores de las suyas, aunque muestra ecos muy claros del monólogo de Andrés en Ainielle, el inolvidable personaje de La lluvia amarilla (1988), obra que ahora cumple su primer cuarto de siglo. Como ocurre con el habitante postrero de aquel pueblo abandonado en el Pirineo aragonés, también hay rememoración en Las Lágrimas de San Lorenzo. El tiempo, la memoria, la pasión… muestran la potencia con la que irrumpen en el mundo gracias a la prosa del autor leonés. Y sin embargo, todavía cabe preguntarse para qué tanta melancolía. Tal vez para que haya ocasión de arrepentimiento, de perdón, de vivir con la mayor entereza los restos del día, serían algunas de las respuestas que habrán de hallarse entre estas páginas.

El narrador de Las lágrimas de San Lorenzo salió de Bilbao cuando la dictadura todavía atenazaba al país. Viajó, conoció la calidez del Mediterráneo, y allí se quedó un tiempo. Surgió el placer, el amor, la amistad, y el mundo se hizo infinito en todas sus posibilidades. Ahora, cumplida la cincuentena, ese narrador ilustrado ambulante— ha sido profesor de lengua y literatura— regresa a Ibiza para cumplir un deseo y reinventar su propia historia. Hace ya tiempo que sufre por no estar cerca de su hijo Pedro, fruto de su relación con Marie. Madre e hijo viven en París, pero ha habido ocasión para que Pedro y su padre se reencuentren en la isla donde todo es posible. Allí, tumbados padre e hijo bajo el cielo estrellado, sucede la acción principal de la novela. Una noche que permite la remembranza, la comprensión, el perdón, el ajuste de cuentas con el pasado: el reencuentro con la esencia íntima de lo humano, frente al baile cósmico de estrellas en la madrugada de San Lorenzo.

También el padre del narrador llevó a su hijo adolescente a contemplar el espectáculo de las estrellas fugaces cuarenta años atrás. Ahora será Pedro —con sus 12 años cumplidos— quien se tumbe al lado de su padre para matizar tanto desencanto con la belleza del espectáculo astral, envueltos en aromas de tomillo y sonido de grillos.

La novela es también la propia novela del narrador, que empezó su aventura con la escritura en la Ibiza de su juventud y ahora cierra el círculo de la ficción al poner el punto y final a la novela, también titulada Las lágrimas de San Lorenzo. Atrás quedan los años de viajes y desencuentros: Portugal, Uppsala, Iasi, Constanza, Utrecht, Bari, Liubliana, Toulouse; también los amores de Carolina, Nicole, Tanja; la amistad de Otto, Nadia, Joan, Daniel, Jesús; los apuntes familiares del abuelo Ovidio, el hermano Ángel, el Tío Pedro, ya convertidos en estrellas para siempre.

Los capítulos se suceden, la lluvia de estrellas también: otra, otra y otra. En medio del espectáculo, irrumpe la vida y la voz de ambos personajes, padre e hijo. Uno quiere saber, el otro reconocer y mostrar que existe una nieve metafórica en el flujo de estrellas, en las flores de almendro, en las salinas pitiusas. Es cuando ya no es posible refrenar la voz lírica de quien cuenta la historia, ni tampoco el recuerdo del lúpulo leonés o las buganvillas ibicencas. Y es en el fondo la historia de todos aquellos que, en algún momento de sus biografías, se cansaron de soportar tanta felicidad.

¿Y la geografía? Los acantilados norteños de Benirrás, Santa Inés, San Mateo, Santa Gertrudis, las puestas de sol de San Antonio, Portinatx, Cala d’Hort, Cala Conta, Las Salinas, el Islote de Es Vedrá, Cala Llentrisca…, el territorio donde una vez existió el paraíso, y el tiempo en que podía pensarse —ingenuamente— que aquello era la vida.

 

Julio Llamazares nació en Vegamián (León) en 1955. Su obra abarca prácticamente todos los registros literarios, desde la poesía —La lentitud de los bueyes (1979) y Memoria de la nieve (1982)— a la literatura de viaje —El río del olvido (1990, Alfaguara, 2006), Trás-os-Montes (Alfaguara, 1998), Cuaderno del Duero (1999) y Las rosas de piedra (Alfaguara, 2008), primer volumen de un recorrido sin precedentes por España a través de sus catedrales—, pasando por la novela —Luna de lobos (1985), La lluvia amarilla (1988), Escenas de cine mudo (1994, Alfaguara, 2006) y El cielo de Madrid (Alfaguara, 2005)—, la crónica —El entierro de Genarín (1981)—, el relato corto —En mitad de ninguna parte (1995)— y el guión cinematográfico. Sus artículos periodísticos, que reflejan en todos sus términos las obsesiones propias de un narrador extraordinario, han sido recogidos en los libros En Babia (1991), Nadie escucha (Alfaguara, 1995) y Entre perro y lobo (Alfaguara, 2008). Su último libro es el volumen de relatos titulado Tanta pasión para nada (Alfaguara, 2011).

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Sobre el autor

Red de Bibliotecas Públicas del Pdo. de Asturias