Chus Fernández: Rara belleza narrativa

“Mi hermano me contó que los paracaidistas fueron inventados para saltar de los edificios en llamas, cien años antes de que se hubiera inventado el primer avión, que lo había leído en un suplemento. También me dijo que eso tenía sentido, que en realidad la única forma de saltar debe serlo como si se estuviera ardiendo”. Esto nos cuenta el niño protagonista de Paracaidistas, la nueva novela de Chus Fernández, con la que ha puesto pone fin a ocho años de silencio editorial. Publicada por Trea hace ya unos meses, ha recibido el aplauso unánime de la crítica, situándola como una de las mejores novelas asturianas de 2011.

Chus Fernández (Oviedo, 1974) dio el salto a las letras en 2001, ganando el Premio Asturias Joven de Narrativa con Los tiempos que corren, al que le seguiría Defensa personal (Premio Tiflos de Novela 2002). Muy seguido en nuestras bibliotecas pues ha sido coordinador de clubes de lectura en un buen número de ellas, regresa ahora con el monólogo de un niño que observa el mundo tras la muerte de su hermano, la particular visión que se tiene en la infancia de cuanto sucede alrededor. Fernández, con su peculiar narrativa cercana a la poesía, nos cuenta la historia de un niño que desea que existiesen “paracaídas que funcionasen al revés, que tirases de una anilla y salieras volando. Hacia arriba todo recto. Ojalá hubiese magos que hiciesen que la gente apareciese”.

 

Usted dice que tiene asimilada la nota de Peter Handke de “No escribir sobre nada que suponga un acontecimiento”. Y de alguna forma, esto sucede en el libro; en Paracaidistas las cosas que pasan no siempre pasan para que pueden pasar otras cosas, la mayoría simplemente se cuentan.

Los acontecimientos, la mayoría de las veces, desembocan en la dramatización y esto es algo que en la medida de lo posible tiendo siempre a evitar, pues el drama, normalmente, en lugar de distinguir, iguala.

Decía Borges que si tratamos de resumir el argumento de un cuento de Cortázar verificamos que algo precioso se ha perdido. Algo parecido ocurre con su libro. ¿Le pongo en un aprieto si le digo que intente contarnos el argumento de Paracaidistas?

Alguien pierde a alguien.

¿Los niños siempre están mirando?

Incluyen el exterior en su mundo en lugar de buscar en su mundo su sitio. Los niños dictan la medida de las cosas en función de la relación que las cosas guardan con ellos , y no al revés, como suelen hacerlo los adultos.

 

“Cuando releemos somos nosotros los que tomamos la palabra. En la primera lectura escuchamos; en la segunda, hablamos”

 

El protagonista no sólo nos describe cómo su hermano va cayendo lentamente en la depresión, sino los sentimientos de quiénes le rodean (“no sabíamos qué podíamos hacer por él, sólo mirar y sentirnos fatal por dentro, no como si alguien nos hubiese hecho algo sino como si nosotros le hubiésemos hecho algo a alguien”, “no se puede estar mucho tiempo al lado de alguien que siempre es infeliz porque para esa clase de gente cualquier cosa es la gota que colma el vaso”)

La depresión es una decisión realmente egoísta pues justifica el propio abandono eximiendo a uno mismo de la asunción de sus responsabilidades consigo y con los suyos, que impotentes, sufren.

¿Ha sido difícil meterse en la voz literaria y en los pensamientos deslavazados de un niño?

La voz es siempre una forma del pensamiento y más que de meterse en ella se trata de seguirla, de dejarla salir. A la hora de escribir la voz es lo que menos esfuerzo exige, lo más fácil, porque se da por sí misma. El tono es otra cosa.

¿Por qué ninguno de los miembros de la familia tiene nombre propio?

De niños somos nuestro propio centro y tendemos a creer que todo nos pertenece, de ahí que el narrador diga siempre: mi madre, mi padre, mi hermana, mi hermano. La voz del narrador rechazaba los nombres propios, los negaba. Además, todos los nombres separan. Y esta narración aspiraba a una especie de continuidad, de flujo.

Algunos de los momentos geniales del libro se encuentran cuando el niño va relatando sus filias y sus fobias (“unas pinzas en un tendal no me dicen nada, un tendal tampoco, pero unas pinzas en un tendal me dan miedo porque unas pinzas en un tendal me están diciendo que alguien se ha llevado algo de allí”). Conjuga desde verdaderas extravagancias a aquellas cosas que, aunque no nos diéramos cuenta, nos ocurren a casi todos.

Únicamente en los niños valoramos las extravagancias como algo positivo. De todas formas, son extravagancias solo desde el punto de vista de los adultos, cada niño tiene su propia lógica. Por otro lado, la mayoría de sus reflexiones son hechas a partir de emociones o sensaciones. Las extravagancias muchas veces responden a una coherencia interna, íntima.

Definen su prosa como “rara belleza narrativa” y “poesía extraña”. ¿Está de acuerdo?

Estoy agradecido.

Paracaidistas también arranca muchas sonrisas. ¿Por qué nos reímos cuando leemos algo y nos damos cuenta de que es verdad?

Seguramente porque es en ese momento cuando nos vemos como uno cualquiera, como alguien ridículo que da por sentado que lo que le pasa le convierte en alguien único, cuando en realidad le vuelve igual a todos los demás.

 

“Únicamente en los niños valoramos las extravagancias como algo positivo”

 

Porque el niño, desde su mirada nueva, nos dice verdades como puños, descripciones certeras de las cosas más simples (“yo creo que cuando te avergüenzas de algo es como si dejases de querer a eso de lo que te avergüenzas, no como si lo odiases sino como si no quisieras que eso pudiera ser relacionado contigo de ninguna manera”)

“Verdades como puños” es una expresión maravillosa.

Leyendo Paracaidistas me vino a la mente la película Leolo de Jean-Claude Lauzon: la extraña visión de un niño, su mirada imaginativa y a la vez algo sórdida de la realidad, la locura en la familia.

Leolo es una película hermosa y terrible. Fascinante. Pone en contacto zonas que normalmente se encuentran muy alejadas entre sí.

Al protagonista le asfixia casi todo, desde la compañía de la gente a internet.

A menudo la respiración no es más que la consecuencia de un ritmo determinado del pensamiento.

En Paracaidistas planean constantemente la muerte, la pérdida, la angustia. ¿Podría decirse que es un libro sobre el miedo al miedo?

No lo creo. En realidad, no me parece que sea un libro sobre algo en especial; y me gusta que no lo sea: no creo que ninguno deba serlo. Prefiero las narraciones que identifican su meta durante el proceso. Una meta que muchas veces cambia, o ni siquiera termina de aparecer.

El niño habla sobre su familia, sobre su maestra (“los profesores son unos padres muy listos que nos riñen mucho y no nos compran nada”), pero no menciona jamás que tenga amigos, algo tan esencial en la infancia.

No los tiene. Sólo se relaciona con los demás a partir de los vínculos y las figuras de autoridad. Lo que para él viene a ser muy parecido.

Cuando uno acaba Paracaidistas lo que realmente le apetece es dejarlo sobre la mesita y, cualquier noche, abrirlo por cualquier página, y ponerse a releer.

Gracias: cuando releemos somos nosotros los que tomamos la palabra. En la primera lectura escuchamos; en la segunda, hablamos.

¿Cuando cuentas algo se convierte en una historia?

Cuando uno cuenta cualquier cosa, su vida, por ejemplo, estructura eso que está contando de la misma manera que lo haría si estuviese enfrentándose a una narración.

¿Usted, como su protagonista, también tiene amuletos?

No. Con los años la suerte, como concepto, es algo de lo que uno trata de mantenerse alejado. Algo que, por decirlo de alguna manera, uno se esfuerza en evitar que tenga incidencia alguna en la propia vida. Aunque tengo que reconocer que conservo aún “algunas manías protectoras”, lo que seguramente quiera decir que en cierto modo yo mismo me he convertido sin saberlo en mi propio amuleto.

El niño de Paracaidistas dice que le caen bien los que cuentan mentiras porque hacen que por un momento las cosas sean como ellos quieren y a él le gusta pensar que hay alguien capaz de hacer que las cosas puedan ser de otra manera, aunque no lo sean. En ese sentido, ¿los escritores son unos mentirosos?

Supongo que sí, pues cualquier cosa de la que se habla, por muy fiel que pretenda ser a los hechos, responde por encima de todo a una determinada intención del escritor. Tampoco debemos olvidar que en la literatura la verdad está más relacionada con las razones por las que se escribe de lo que lo está con las cosas que se cuentan.

¿La única forma de saltar debe serlo como si estuvieras ardiendo?

Todos tendemos a exagerar.

 

(22 de marzo de 2012)

Fotografía cedida por Ed. Trea

 

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Sobre el autor

Red de Bibliotecas Públicas del Pdo. de Asturias