Donde nadie me llama

Donde nadie me llama

Fernando Beltrán

Hiperión

378 págs.

///

La editorial Hiperión publicó hace un año la antología poética de Fernando Beltrán: Donde nadie me llama, en la que se recoge toda su obra, desde los años ochenta hasta la actualidad. Su lectura puede ser el mejor acercamiento a la poética del fundador de la Biblioteca “Aula de las Metáforas”.

Beltrán (Oviedo, 1956) defiende y practica una escritura inconformista y arriesgada, alerta y comunicante, que viene cimentando desde Aquelarre en Madrid (1983) y a la que ha permanecido fiel hasta hoy. Así lo confirma el título con el que nos llega ahora este libro, Donde nadie me llama, que subraya la actitud estética y ética distintiva del poeta, que es el que se inmiscuye, el que pone el dedo en la llaga, el que está donde no se le espera, aunque en el fondo todos lo esperamos ahí, pues sólo desde esa posición interrogativa e indiscreta, incómoda y revulsiva, se nos revela viable una poesía a la altura de los hechos, de los sentimientos y de los tiempos.

Los pilares más firmes de esta poética se forjan en los años ochenta, cuando desde las proclamas del sensismo -coincidentes en esto con otras tendencias de entonces, como la otra sentimentalidad o el neosurrealismo- se animaba a extirpar los quistes culturalistas y a orientar la poesía hacia la subjetividad y el mundo cotidiano. De ahí proceden algunos de sus formantes principales, que irán adquiriendo rotundidad y acrisolándose con el paso del tiempo: la búsqueda de los nutrientes del poema en la experiencia personal y la introspección sentimental, el deslizamiento simultáneo por las laderas de lo público y de lo privado, la desmitificación del sujeto lírico, la vocación comunicativa y la convocatoria emocional del lector.

Autorretrato y a la vez representación arquetípica del hombre contemporáneo, la poesía de Beltrán no se limita a suministrarnos una crónica, a recorrer y describir los caminos de la realidad armado con una especie de espejo supuestamente mimético. Lejos de ello -de ahí que haya sido un hallazgo afortunado la autodenominación de su poética como entrometida-, su discurso hace frente a la aceptación de la vida mecanizada e irreflexiva en los no-lugares de la sociedad neoliberal, impulsando un pensamiento «fuerte» que reivindica el cuarto propio, la independencia, la legitimidad de la disensión, la construcción de una conciencia vigilante, crítica y autocrítica, empeñada en provocar inquietantes interferencias en la rutina individual y colectiva. Así, la poesía se erige en una enérgica llamada de atención contra la inercia, contra las ideas recibidas, contra el sentir y el vivir maquinales -y ello en todos los órdenes de ese vivir y de ese sentir.

La poesía impura de Fernando Beltrán ve cumplido un ciclo en Donde nadie me llama, balance de su obra y, por tanto, de su vida («Y al decir mi vida quiero decir mi poesía»). «Esta casa es contigo», el verso final, podría haber sido también un buen título para este libro, pero es sobre todo una confirmación y una mirada hacia el futuro: la poesía es la casa que el poeta abre para la entrada cómplice -no necesariamente cómoda o complaciente- del lector, una casa prestada. No sabemos lo que nos espera, pero sí que lo que haya de venir vendrá tutelado por la misma actitud rebelde e indiscreta y por el mismo compromiso con el lector que han hecho de ésta una de las aventuras poéticas más estimulantes e imprescindibles de las últimas décadas.

 

PALABRAS PREVIAS
Daba por entonces los últimos retoques a esta antología poética cuando escuché en la calle lamentarse a una desconocida por haber participado en algo que le hizo preguntarse al fin “quién me mandaría meterme donde nadie me llama…”
La mujer se perdió con su charla y sus amigas acera adelante y yo abandoné sobre la marcha un título que me había costado meses elegir. Porque aquellas cuatro palabras resumían de pronto de una forma fortuita, pero también más plástica e inclemente, una de las más tercas constantes de mi vida.
Y al decir mi vida quiero decir mi poesía, aunque semejante paralelismo incomode a algunos colegas a quienes sin embargo tarde o temprano les habrá ocurrido algo similar, náufragos todos en los turbulentos vasos comunicantes que vinculan lo escrito y lo acontecido y por los que circula un destino común: ser sencilla y simplemente… poetas. Poetas a secas.
Condenados por tanto a escrivivirse. A entrometerse de una u otra forma en todo aquello que les conduce al charco, la caricia y la belleza, pero también al vértigo, la tos, los miedos de uno mismo y la intemperie del otro convertidos finalmente en un abismo del que sólo les salvará la condición mayor de la poesía: su valor terapéutico.
Creo firmemente en ello.
Como me reconozco aun en el famoso lema de los antiguos poetas goliardos “Bajemos a las Plazas”, y en la no menos mítica proclama de los modernos cantautores: “Aunque mis letras sean tristes, espero que mi música sea feliz…”
Y útil.
                                                                                                   Fernando Beltrán

Otros artículos en esta sección...

Compartir

Sobre el autor

Red de Bibliotecas Públicas del Pdo. de Asturias