Pepe Colubi: Escritor, teleadicto e “ilustre ignorante” | Biblioasturias
Pepe Colubi: Escritor, teleadicto e “ilustre ignorante”

Asegura rellenar bonolotos con fervorosa entrega, pero en realidad trabaja con el rigor de quien disfruta enormemente con lo que hace y se le nota. Escribe para El Jueves, Cinemanía y para cualquier lector interesado en descubrir la tramoya que oculta nuestra televisión y nuestra sociedad con libros como La tele que me parió, El ritmo de las tribus, Planeta rosa, y ¡Pechos fuera!, entre otros. Periodista, escritor, guionista y crítico de televisión, además de gran contador de chistes, según cuentan sus amigos, su presencia en el programa de Canal Plus Ilustres Ignorantes ha dejado de ser un trabajo para convertirse en una “bendición, un lujo asiático y un honor descomunal”. Con trabajos así, ¿quién necesita bonolotos?

 

¿Pepe Colubi, como el protagonista de la serie Sigue Soñando (Dream On, 1990), piensa en blanco y negro y con imágenes de viejas películas?

La cabecera y sinopsis de Sigue Soñando es, curiosamente, una imagen muy evocadora que utilizo a menudo para explicar de qué manera te forma (y deforma) la tele que ves de niño. No tengo muchos archivos en blanco y negro, los recuerdos de mi infancia catódica tienden al gris.

¿El paso del tiempo ha idealizado la televisión que se veía en España en los setenta? Yo, Claudio se emitió a finales de los 70 y Sálvame se emite hoy.

No son programas comparables porque ni siquiera pertenecen al mismo género. En esta década se ha hecho The Wire, que nada tiene que envidiar a la magnífica Yo Claudio, y en los 70 también se hacía mala televisión, pero como nuestra memoria en la vida es selectiva sólo recordamos lo bueno. No creo que antes se hiciera mejor televisión ni peor, lo único cierto es que se hacía menos.

La Tv de nuestra infancia sí que nos muestra como ha cambiado la sociedad en tantos aspectos. No sólo en el fumar o en el beber, sino en el tratamiento del sexo, en la vida en familia, etc. ¿Lo políticamente correcto nos ha vuelto un poco pusilánimes?

Sin duda. La autocensura de las personas con sentido común debería valer, pero el sentido común no es una cualidad que abunde, por eso existe esa agobiante corrección que es como poner vallas al campo. El resultado es que, en ocasiones, se dan tantos rodeos para decir algo que el mensaje acaba desnaturalizado, vacío y sin fuerza. Además, siempre habrá alguien que se moleste por mucho que te la cojas con papel de fumar. Siempre.

¿Qué evolución nos lleva de María Luisa Seco a Alaska para llegar a Leticia Sabater y a Paloma Lago en la programación infantil de nuestra televisión?

Creo que Leticia Sabater tuvo mucho que ver con la agitación que vivió la generación juvenil de de los 90: aquellos niños crecieron observando el inquietante renegror de sus cejas, mientras eran bombardeados por un espídico discurso inconexo. De ahí a las drogas de diseño hay un paso. María Luisa Seco era un personaje deudor de su época; si ahora alguien usara su tono apagado y su estética grisácea, probablemente dormiría hasta al mismo Manuel Torreiglesias.

 

 

“La biblioteca de mi colegio marcó mi infancia y me convirtió en lector para toda la vida”

 

 

 

¿Gran Hermano son las Crónicas de un Pueblo del siglo XXI?

Gran Hermano es un signo de los tiempos, para bien y para mal. No estoy de acuerdo en demonizar un formato que sigue vigente, pues la idea original me parece interesante. Lo malo es cuando el gen reality, cierta manera de vivir la vida a lo Gran Hermano, impregna al espectador aburrido y contagia al programador sin ideas. Que toda una cadena centre su entretenimiento de mañana, tarde y noche en los desencuentros de un grupo de concursantes es cansino, repetitivo, endogámico e insalubre. Gran Hermano era una droga inocua y Telecinco la ha convertido en sobredosis.

Siendo guionista y crítico de televisión usted debe conocer los secretos más oscuros y mejor guardados del mundillo. ¿Son ciertas las historias sobre reality shows amañados y testimonios de telerrealidad pagados?

Aclaro en primer lugar que la condición de crítico de televisión está sobrevalorada en exceso: no hace falta titulación ni preparación especial para desarrollar esa labor, tan solo ver la tele con cierta frecuencia, escribir ordenadamente y tener la suerte de que alguien te pague por hacerlo. De estas tres condiciones, sólo la tercera es indispensable. Dicho esto, aclaro de nuevo: la tele es mentira, es la gran mentira. Sucede en decorados, la gente aparece maquillada, las voces se amplifican con micrófonos y los contenidos se programan. La telerrealidad miente en la segunda parte de la palabra. Para ahondar en esas mentiras y engaños recomiendo el libro ¡Mírame, tonto! de Mariola Cubells, donde se explican con pelos y señales los timos de esos programas de testimonios.

Cuéntenos algún esqueleto guardado en los armarios de la Tv.

Belén Esteban es invertebrada y sólo come algas. No tengo pruebas.

En su libro ¡Pechos Fuera!, sobre series televisivas, ha desmontado la segunda falsa creencia más extendida del mundo audiovisual, tras la mítica frase que Humphrey Bogart nunca pronunció en Casablanca, Tócala otra vez, Sam: aquélla que nos hizo creer a todos los españoles de la época que los pechos de Afrodita eran armas letales y que se disparaban al grito de ¡Pechos Fuera!

Cierto. La verdad, me llevó más trabajo del que esperaba porque yo partía de la convicción de que Afrodita sí decía esa frase en el doblaje castellano de 1978 (sólo se doblaron 32 episodios), pero debido a mi carácter meticuloso a la hora de escribir, me empeñé en encontrar el fragmento exacto y para ello revolví Roma con Santiago (literalmente: una de las consultas vía email me llevó a Pekín). No apareció tal frase, aunque sí existía en el posterior doblaje catalán de TV3 («pits fora!»). Curiosamente, se me echaron encima un montón de fans que aseguraban que yo estaba equivocado, pero nadie ha encontrado esa frase tal cual.

Se confiesa más afín a Pippi Calzaslargas que al Marco de De los Apeninos a los Andes. ¿Ha sido uno de los lectores deslumbrados por Lisbeth Salander, la protagonista de la trilogía Millenium, de Stieg Larsson, descrita como la mujer en que Pippi se habría convertido de llegar a adulta?

No he leído la trilogía, ni siquiera el primero de los libros: la pereza me aplastó desde el principio y no hice nada por entrar en el mundo Larsson. No me gusta la analogía de una Pippi convertida en Lisbeth; esa niña era deliciosamente insolente, pero no vengativa.

 

“La telerrealidad miente en la segunda parte de la palabra”

 

¿Qué opina de las sucesivas oleadas de best-sellers que nos invaden: Millenium, los conspirotrhiller de Dan Brown…? ¿También en los libros, como en la Tv, dependemos de las modas?

Está claro que los best-sellers van por modas, y no es malo que así sea. Me encanta ver gente leyendo en cualquier situación (metro, playa, parques); respeto la elección de cada lector y celebro el hecho mismo de la lectura, sea lo que sea. Yo no he entrado en ninguna de esas sagas pero insisto, no lo hago por snobismo o distancia, sino por pura pereza y hastío ante el bombardeo promocional, igual que no he visto las películas de El Señor de los Anillos o la serie Lost.

Hasta ahora ha publicado una única novela entre casi una decena de libros. ¿Se encuentra más a gusto como cronista que como narrador?

Jugando con las palabras diría que mi narración es crónica, como si fuera una enfermedad. No sé distinguir entre géneros: da igual que escriba artículos, ensayos o ficción, suelo hacerlo en primera persona y desde mi experiencia, sea esta real o imaginada. Por eso los artículos de prensa reunidos en Diario Disperso acaban siendo una especie de novela desordenada de mi vida. Nunca lo había visto así hasta ahora mismo: esta entrevista tiene visos de pura terapia.

En California83 cuenta el choque que supone para un adolescente español de principio de los 80 aterrizar en el estado más liberal de los Estados Unidos. ¿Fue como un Desmadre a la Americana (Animal House, 1978) pasado por Al Salir de Clase?

Me gusta la descripción, pero le faltan unas gotas de Paco Martínez Soria. El protagonista busca el desmadre a todas horas, pero descubre, de alguna manera, que las miserias existenciales de la adolescencia son universales.

¿Sería ese cambio menos brusco si lo viviera un estudiante español de hoy, rodeado de McDonald’s, canales de Tv, videojuegos e Internet?

La novela está basada en mi propia experiencia: yo aterricé en la California de 1983 con una idea absolutamente condicionada por las series de televisión y el cine, pero no tenía Internet, ni siquiera había McDonalds en mi ciudad. Mi sobrino de 11 años sabe más de California que yo sin haber estado nunca allí. Esta novela sería muy distinta hoy, aunque el choque cultural seguiría presente. Eso sí, el desfase entre el Estados Unidos de Reagan y aquella España que salía de los 70 era más gracioso.

¿Fue un niño lector o prefería jugar a indios y vaqueros en la calle? ¿Frecuentaba alguna biblioteca?

Los indios y vaqueros fueron fundamentales en mi infancia, pero hubo una biblioteca, pequeña, modesta y llena de cariño, que marcó mi infancia convirtiéndome en lector para toda la vida. Sucedió en mi sexto curso de EGB en el colegio Gesta de Oviedo: la biblioteca en cuestión la gestionaba don Julio, magnífico profesor de literatura que nos prestaba libros una vez por semana. Allí empecé a leer las aventuras de Los Tres Investigadores, germen del interés por los libros que aún me dura. También tuve la suerte de que mis padres eran lectores habituales; recuerdo haber devorado en casa la colección completa de Miguel Delibes o los libros policíacos de Harry Stephen Keeler.

“No creo que antes se hiciera mejor televisión ni peor, lo único cierto es que se hacía menos”

 

¿Qué géneros literarios prefiere como lector?

Lo resumiría en una palabra: realismo. Me da igual que sea mágico, sucio o lo que sea, pero tiendo a historias con base real, tangibles, absolutamente posibles, incluso con raíces en la historia (me acuerdo ahora del impacto que me causó América de James Ellroy) o deliciosamente delirantes (todo Irvine Welsh). Tampoco soy muy maniático y me dejo aconsejar.

¿Es de los que releen sus libros favoritos? ¿Lee varios a la vez?

No suelo releer libros, si acaso hojeo pasajes al azar, pero no es lo habitual porque incluso temo que me decepcionen o me gusten menos que en aquella primera lectura (algo muy frecuente cuando revisito series o películas). Prefiero no leer más de un libro al mismo tiempo; si lo hago es que no me están gustando mucho. Por cierto; desde hace tres años regalo los libros cuando acabo de leerlos. Es muy gratificante y, sobre todo, deja espacio en casa.

¿Para cuándo su próxima novela?

Discúlpame un momento; he de limpiar los lagrimones que corren por mis mofletes. Te confesaré algo: sé que en mi cabeza habita otra novela, tengo el tema, el tono y el andamio, pero no encuentro el momento adecuado para ponerme a ello. Ni siquiera es falta de tiempo. Llámame vago, si quieres. Pero hazlo con cariño, que soy muy sensible.

¿En qué está trabajando ahora?

Relleno bonolotos con fervorosa entrega. Además, escribo todas las semanas en El Jueves y una vez al mes en Cinemanía. Eso mantiene mi pluma entintada (lo sé, no escribo con pluma, pero «entintar mi ordenador» sonaría raro). Además, participo junto a Javier Cansado en el programa Ilustres Ignorantes que dirige y presenta Javier Coronas en Canal Plus. Este «trabajo» es una auténtica bendición, un lujo asiático, un honor descomunal. Lo único que deseo es que los jefes de Canal Plus lean esta entrevista.

 

Fotografías: Manolo Egocheaga

(Publicado en Biblioasturias17)

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Sobre el autor

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