La última fosa

Alejandro Martínez Gallo

La última fosa

(Págs. 107-114)

Editorial Laria

 

Debería estar camino de Oviedo, al encuentro del condecito, pero el Coronel siempre tiene que alterar mis planes. Ha llamado a Turón, al bibliotecario, desconozco qué relación tiene o ha tenido con él, y le ha facilitado la entrevista con Bernardo Cachón, el otro superviviente del 34 que de una forma u otra estuvo relacionado con el asalto al Banco de España. (…)

-Figaredo, Turón, Urbiés, ya estamos llegando -vocea el Coronel ante los letreros informativos de la carretera-. ¿Sabes que hay un Turón en Granada y otro en Kansas?

-¿Dónde hemos quedado? ¿En el de Granada o en el de Kansas? -Ramallito, hoy te has levantado graciosito. He quedado en la puerta de la biblioteca.

 

Casas oscuras en medio del valle con fachadas de diferentes colores y tejados de teja o pizarra; sendas que bordean las carreteras; espacios llanos de tierra virgen sin hierba, para el juego de bolos; cas­tilletes de pozos cerrados, veo a lo lejos uno de Hulleras de Turón; minas olvidadas, desde aquí no localizola mina Fortuna; hasta se conserva algún bebedero para el ganado en medio el monte; pasa­mos al lado de los barracones de San José. Hacía tiempo que no reco­rría esta carretera. Turón. No pregunto al Coronel, me dejo guiar por los letreros informativos de las calles. “Biblioteca”, leo. Giro e inten­to localizar un hueco para aparcar.

-¿De qué conoce al bibliotecario? -le pregunto mientras recorre­mos andando los cincuenta metros que nos separan de la biblioteca.

-De nada, no lo conozco.

-¿Entonces?

No le da tiempo a responder. Un muchacho joven, escoltado por dos parroquianos enfundados en boinas y americanas de pana, nos sale al paso.

-Supongo que ustedes son los antropólogos -¿antropólogos? Lo que me faltaba, la última pifia del Coronel.

-Efectivamente. Usted será José Emilio, el bibliotecario -asien­te, extendiéndolela mano-. Aquíel señor Ramalho da Costa, beca­rio de la Universidad -un día lo mato, palabra de honor.

-Vengan, que les vaya presentar a los Cachón -¿los Cachón? Pero si sólo queríamos hablar con Bernardo. Los dos vestidos casi igual, a excepción de la camisa, que uno la lleva rayada y otro ador­nada con cuadros, semejan dos gotas de agua, deben de ser gemelos-. Bernardo y Leoncio, aquí los investigadores de la Universidad de Calatayud de los que les hablé -¿Universidad de Calatayud? ¿Cuántas tonterías más habrá contado el Coronel?-. Pasen para la salita.

Los dos van en silencio con las boinas caladas. Sus americanas de pana indican que se han vestido como para una boda. Siguen al bibliotecario, nosotros vamos detrás. El joven nos deja en una peque­ña sala llena de revistas y tebeos, debe de ser la sala infantil.

-Yo tengo que volver, hay gente esperándome en préstamos -se excusa, dejándonos con los dos mohínos.

-Como les habrá dicho José Emilio -inicio yo la conversación o el interrogatorio-, andamos investigando la causa de las muertes de los cuerpos encontrados en la fosa común -asienten los dos-. Nos gustaría que nos contasen qué conocen de Rosa o de los otros cadá­veres -asienten de nuevo-. ¿Conocieron a Rosa?

-Sí -dicen a dúo. Esto se pone difícil.

-¿Ya los otros?

-Sí.

-¿Conocen lo del Banco de España?

-Sí.

-¿Y lo de las trescientas mil pesetas?

-Sí.

            Espero que no sea todo el interrogatorio así. No sé por dónde continuar. Me dan ganas de agarrados por la solapa y decides: “Empiecen a cantar”, pero se cerrarían aún más bajo las boinas.  (…)

Salgo un momento de la sala después de hurtarle un Camel sin boquilla al Coronel. No tengo ningún deseo de escuchar todas las hazañas bélicas de los dos hermanos. Poco han aportado sobre Rosa, ha sido una decepción mayúscula. Veo al bibliotecario en la sala de enfrente. Me dirijo a él.

-No sé por qué le han dicho que somos antropólogos.

-No me lo dijo nadie. Fui yo -ahora si que me ha desconcerta­do-. Es que si les dice a los Cachón que usted es policía no les saca una palabra ni bajo tortura. Es mejor que sigan creyendo que van a escribir un libro sobre este valle, es la única forma de que hablen -a lo mejor tiene razón, pero de poco ha servido.

-Me llevo este libro, ¿qué tal está? -dice una muchacha de ojos negros y tez morena.

-Creo que muy bien, es de los más solicitados en préstamo -dice el bibliotecario. Leo el título: Caballeros de la muerte. No lo conocía, debe de ser de un autor nuevo.

 

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Sobre el autor

Red de Bibliotecas Públicas del Pdo. de Asturias